28 feb. 2009

La duda


He de confesar que lo había pensado muchas veces, pero estoy chapada a la antigua y no terminaba de decidirme.
Mis amigas me repetían que era conveniente, que de vez en cuando también nos merecemos un premio, una alegría aunque tengamos que dárnoslo nosotras mismas. Me animaban diciendo que no me iba a arrepentir una vez que me hiciera con uno.
- Estoy bien como estoy – les decía yo
- ¿Pero tú sabes lo que te estás perdiendo? – me respondían ellas – tienes que decidirte, en cuanto lo pruebes, no podrás pasar sin él. Todas, o la mayoría lo tienen ¿por qué tú vas a ser menos? Algún día tendrás que espabilarte, y modernizarte.
Lo pensé durante unos días, especulé sobre el dinero que me iba a costar mantenerlo, también me preocupé en donde lo alojaría, tengo que confesar que ese era mi mayor problema, pues tendría que encontrarle un sitio adecuado, no sería estético dejarlo a la vista, lo más lógico era buscar un lugar para tenerlo lo más a mano posible.

En fin, tras darle muchas vueltas a la cabeza, un día me decidí. Me arreglé, me colgué el bolso, y salí a buscarlo. Pensé que el mejor sitio sería el centro comercial, estaba segura que en un espacio tan extenso tendría que haber muchos y sería más fácil elegir.
No me equivoqué, entre tanta aglomeración de gente, (pues eran los días previos a la Navidad y el supermercado estaba a tope), yo lo vi de lejos y quedé prendada.
Me acerqué lentamente y lo miré de arriba abajo: era perfecto.
Eclipsaba a los que estaban a su lado, o por lo menos a mi me causó esa sensación. Tengo que reconocer que no era ni más alto ni más bajo, ni más ancho ni más delgado, simplemente era como la mayoría. Sin embargo su estética destacaba, me pareció el más bello de todos.
No lo pensé dos veces y allí mismo, decidí que sería para mí.

Hace dos meses que lo tengo a mi lado, y cada día estoy más satisfecha con mi decisión, no me he arrepentido ni un momento. Además, tengo que decir, que entre sus muchas cualidades, tiene la de ser cautelosamente silencioso y brillante. Quizás, sea eso lo que más me gusta de él, pues según algunas amigas, los suyos son bruscos y no hacen bien su trabajo, (justamente por este motivo, una de ellas tuvo que deshacerse del suyo y buscarse otro).

Os lo aseguro, yo era de las reacias, de las tercas que decían que nunca tendría uno, no obstante, ahora he cambiado de opinión, y aconsejo a todas que no duden más, que se decidan y hagan lo que yo; colgaros el bolso, salid a la calle, dirigíos a un centro comercial: y compraros un lavavajillas.
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