22 feb. 2009

Nacer cada día


Caminaba parsimoniosamente. Recorría las calles con torpeza intentando escuchar las conversaciones de las masas que pasaban a su lado. Los susurros de los viandantes se entremezclaban, aun así, ella, lo único que conseguía descifrar perfectamente eran sus quejas y ruegos.

“- Algún día me tocará la lotería – decía alguien que cruzó a su lado - y así podré salir de mis problemas, algún día le podré comprar una casa a mis hijos, y arreglar el cuarto de baño, al que se le cae los azulejos a causa de la humedad. Sí, algún día”, susurraba el desconocido.

Continuó su paseo con lentitud, triste, no obstante, sin comprender por qué; las peticiones la llenaban de orgullo, le hacían sentirse viva.
“- Hoy encontraré trabajo – escuchó decir a otro. – Estoy seguro, que hoy me dirán que sí. En cuanto consiga llevar un sueldo a casa, todo cambiará. Pagaremos el recibo de la luz, y le podré comprar unos zapatos nuevos a Juan, que el pobre tiene los dedos destrozados”.

La sombra prolongaba su paseo a causa de la lentitud de su movimiento. Escuchaba, intentaba aguzar el oído para así poder captar cada palabra, cada suspiro.
A lo lejos observó a una niña. Se acercó a ella con sigilo para no hacerse notar.
“- Tengo que aprobar el examen – decía – he de sacar buenas notas para poder entrar en la universidad, algún día seré una excelente investigadora. Lograré una cura para las enfermedades extrañas y conseguiré al fin, curar mi hermano de esa enfermedad que hace que sus huesos se quiebren con la facilidad de la porcelana”.
Por un momento, la pequeña sombra alzó la mano con la intención de acariciar la cabeza de la desolada chichilla, sin embargo se contuvo, sabía que no podía, que no le estaba permitido contacto alguno.
Dio media vuelta, y tan despacio como se había acercado, se alejó.

Se paró en seco al observar a un niño que jugaba con un video juego, sonreía; parecía estar animado.
- Por fin – se dijo – pasaré junto a él, por una vez dejaré de escuchar peticiones.
- Algún día – decía el niño entre risas – conseguiré una máquina mejor que ésta, más profesional, más potente…
La sombra se alejó sin terminar de escuchar, ésta vez lo hizo deprisa, sin importarle que alguien pudiera reparar en ella.
Cuando le pareció que estaba lo bastante lejos del mundo, paró.

- ¿Qué haces aquí tan triste? – preguntó el viento revolviendo suavemente la brillante y larga cabellera de la joven
- ¿Por qué la vida es así? – preguntó ella con disgusto - ¿por qué no pueden ser las personas felices y tener lo que desean? El mundo es injusto, todos deberían tener lo que ambicionan y conseguir sus sueños; entonces, solamente existiría la alegría.
El viento se transformó en brisa para sentarse a su lado.
- ¿De verdad crees que serían felices, mi ingenua chiquilla?
- Tú que lo ves todo, ¿hay alguna persona satisfecha con lo que tiene? – preguntó ella al tiempo que abría sus grandes ojos verdes.
- Todos los días, al nacer, me haces la misma pregunta – respondió en un susurro - y todos los días te respondo de la misma manera. Las personas no pueden tener todo lo que desean, siempre hay que codiciar algo. Si todo se consigue con facilidad, no existirían los sueños, ni la fantasía, no habría personas honestas pues todos serían crueles y egoístas. La raza humana nunca está satisfecha con lo que tiene y siempre querría más. ¿No estás de acuerdo conmigo en que sería monótono vivir día a día sin tener nada por lo que luchar? ¿no sería entonces un mundo frío y gris? Y el motivo más importante: existes porque ellos tienen sueños y fantasías, si las personas no precisasen nada: tú dejarías de nacer cada día. ¿No lo comprendes, mi niña? Si todos tienen lo que desean… ¿quién te necesitaría? ¿quién tendría fe en ti? dime, Esperanza, ¿quién?
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