22 may. 2012

EL ÚLTIMO DÍA


         La mirada de Eva, parecía alejarse junto al son de la corriente del lejano río, sus manos sostenían un  libro que no leía, mientras sus pensamientos volaban al fondo del abismo: No quiero vivir sin él, ¿por qué me empeño en que sean las cosas de otra manera? Él, no cambiará nunca.
Hacía diez años que era su mejor amigo.
Estaba sentada  en la abultada raíz de un solitario árbol con la espalda descansando en el tronco,  dejándose acariciar por el sol primaveral que se abría paso entre las hojas. La brisa era tibia, y ella continuaba inmóvil cual estatua de un parque cualquiera. Sí, había escogido un buen día para ser el último, pensó con tristeza mientras su mirada continuaba en el fondo del acantilado.
Un cervatillo se paró justo en su punto de visión, observó cómo bebía del arrollo. Envidió la suerte de aquel lejano y pequeño animal: los animales no sufren por amor, los animales no tienen que engañar para pasar un día con su amado, con su sueño imposible. Ni siquiera se dio cuenta de que Óscar estaba a su lado.
— Sé que es duro, cariño. Pero pronto se acabará – le dijo mientras le quitaba un mechón de pelo de la frente.
 Había escogido para la ocasión, un vestido blanco de gasa, con la pretensión de despertar en él su  instinto masculino, ese impulso que se supone poseen todos los hombres. Deseaba ver en sus ojos la llama del deseo. Sin embargo en su mirada no había ardor, ni pasión, sus labios tan sólo dejaba escapar una sonrisa tranquila.   No podía culparlo, él había sido sincero desde el primer momento: eres mi mejor amiga, te quiero mucho. Si me atrajesen las mujeres, tú serías el amor de mi vida. Le solía decir.

Estaban  en la cima de aquel precipicio. Eva había usado aquella excusa para tenerlo dos días a su lado, y Oscar había aceptado porque era su pasión, su punto débil.  
. ¿Y si saltaba ahora? Se lo confesaba y saltaba, así de fácil. Lo había traído allí para eso ¿no? Simplemente tenía que ponerse de pie y tomar impulso. Sólo un movimiento, un paso, y dejaría de sufrir. Aunque él también sufriría, y no se hace sufrir a quien se quiere Jamás le había confesado sus sentimientos, y no podía callarlo por más tiempo.
— Eva, puedes acercarte si quieres – lo escuchó decir.
Se levantó lentamente, le pesaba tanto el cuerpo, estaba tan entumecida… Un nuevo vistazo al fondo del precipicio, esta vez se recreó en el paisaje. El riachuelo, el prado verde, decorado con una algarabía de flores que rivalizaban entre ellas por tener el color más vistoso. Incluso el sol había estado su parte. Había pensado que serían dos días de felicidad, de acercamiento. Por el contrario  habían sido de silencio y lejanía.   —  Salta – le dijo su corazón — en cambio sus pies, le hicieron caso a su sentido común y caminaron hacia Óscar pensando en dejarlo todo tal y como estaba. Era mejor seguir siendo su amiga que desaparecer de su vida para siempre.
— Gracias por ofrecerte a regalarme tu tiempo, — le dijo él con una tierna sonrisa — sé que ha sido duro estar tanto tiempo en la misma posición, no obstante espero que haya valido la pena ¿te gusta cómo ha quedado?
— Sí, Óscar. No me hacía falta verlo para darte mi opinión.  El cuadro ha quedado perfecto – contestó mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.

29 mar. 2012

No dejes para mañana...


Es cierto que un hecho significativo puede llegar a cambiarnos la vida o la forma de actuar. Un acontecimiento que para la mayoría resulte insignificante, a otros les puede crear un trauma o una paranoia.
Lo único que intento con esta introducción, es que no juzguemos a los demás a la ligera. No soporto a las personas que se burlan de los demás, por el simple hecho de que tengan alguna clase de fobia. Hay personas que le tienen miedo a volar, otras a algún animal, pequeño o grande, con plumas o escamas…  A otros les da miedo hablar en público, las aglomeraciones, la oscuridad… en fin sería imposible enumerarlas todas, y estoy segura de que sea cual sea su trauma, tiene una causa y un origen. Lo digo por experiencia.
Mi “problema”, llamémoslo así, son los mensajes de textos. Sí, en estos tiempos de correos electrónicos, msm, chateos,  facebook, y todo eso, a mí me cuesta comunicarme, sobre todo con los mensajes de móvil. Y hay una causa y un origen.
Hace algún tiempo que ocurrió. Mi hermano tenía treinta y dos años cuando se fue a trabajar a  Ibiza. Se compró un móvil, aunque sólo para llamar y responder, pues no sabía enviar mensajes. Un día mi hermana recibió un mensaje suyo en el que le decía: “Estamos bien por aquí y espero que ustedes también. Ya mismo nos vemos.   Dales recuerdos a los papás. (mensaje día 03/03/2001 a las 15:30h)”
  Mi hermana me llamó muy contenta para decírmelo, y yo pensé en mandarle uno para recriminarle que no me hubiese mandado otro a mí. Luego pensé como adulta, y decidí enviarle uno diciéndole cuánto le quería, cuánto le echaba de menos, y lo orgullosa que estaba de él. Sin embargo lo dejé para después, para el día siguiente.
Pero no hubo día siguiente.
Aquella misma noche nos llamaron para comunicarnos que había sufrido un accidente de tráfico y estaba muy grave. Aquel primer mensaje de texto  se convirtió en su último mensaje de texto, y yo jamás pude enviarle el mío. Y todo por dejarlo para después.
Ya sé que él sabía cuánto le quería, yo se lo decía cada vez que hablábamos, pero tendría que haber enviado ese mensaje en el momento que lo pensé.  
Es por eso por lo que pido perdón si alguna vez he respondido con incoherencias. En cuanto veo que he recibido un mensaje, tengo que responder en ese preciso momento, y a veces con las prisas,  escribo lo primero que se me ocurre. Luego, lógicamente, me arrepiento.   Otras veces, quizás da la impresión de que  no me interesa mantener una correspondencia con nadie. Nada más lejos. Por este medio he encontrado a muy buenos amigos, y es a mis amigos a los que les quiero pedir perdón si alguna vez les he respondido con un disparate.
Algunas amigas me preguntan por qué siempre estoy desconectada en el Messenger o en el facebook. Les respondo que es porque no me gusta. Si alguna vez da la casualidad de que les mando un correo,  y se dan cuenta de que estoy conectada a internet, me hablan por el Messenger, yo les corto y las llamo por teléfono, les digo que prefiero hablar a  escribir. Supongo que ahora comprenderán el motivo.
Jamás había contado esto a nadie, y he de confesar que me ha costado mucho escribir esta entrada, pero necesitaba hacerlo.
Te quiero, Alexis, y te echo de menos.

25 feb. 2012

DUELO DE TITANES

Llegué a la plaza el primero. Aquel día festivo, mi patrón me permitió salir algo más temprano. Claro está que antes de salir, tuve que dejar los caballos cepillados, las cuadras limpias, los arreos brillantes, expandir la paja en el suelo y echar la comida en el pesebre. Soy mozo de cuadras… bueno, aún soy aprendiz porque tengo doce años. Pero Don Pascual, que es el jefe de cuadras, me dice:

— Camilo, ¿sabes por qué te doy tanta responsabilidad? – y se responde sin dejarme abrir la boca – porque eres un chaval muy espabilao.

No soy tonto, sé que la causa de que me dé todo el trabajo es porque su hijo es el más flojo y torpe del mundo. Pero no me importa. El señorito, a veces, cuando le preparo su caballo, me da un real. Naturalmente, eso no lo sabe Don Pascual.

Y allí estaba yo, esperando a mis amigos en la plaza del pueblo, frente la cartelera del cine, con una mano metida en el bolsillo de mi pantalón de los domingos, acariciando el real que ese día me había dado el señorito Don Julián y que, por supuesto, no era suficiente para la entrada del cine. “Duelo de titanes”, se llamaba la película, ¡cuánto me hubiese gustado ir a verla! Era la segunda semana en cartelera. Me embobé observando a Burt Lancaster y Kirk Douglas cuando escuché una voz a mi espalda.

— ¿Otra vez mirando la cartelera? ¿Qué película es?

Era Gregorio el de la nieve, lo llamábamos así porque ayudaba al repartidor de hielo. Tenía mi edad, pero él no sabía leer. En realidad soy el único del grupo que asistió al colegio el tiempo suficiente como para aprender a leer, a escribir y algo de cuentas.

— Es una película de vaqueros – respondí arrastrando las palabras. Ya se lo había repetido tres veces en las dos semanas que llevaba la película en cartel. Desde luego, la memoria de Gregorio era como su pelo, cortita, cortita – se llama “Duelo de titanes”.

— ¡Vaya! De las que te gustan… ¿aún no has conseguido el dinero?

— No. No tengo ni una perra chica – no estaba dispuesto a decirles lo que llevaba en el bolsillo. Estaba seguro de que intentarían convencerme para gastarlo—. Además tenemos que ver pasar el Corpus.

Gregorio cambió su cara de bobalicón por la de fastidio.

Detestábamos aquel desfile de curas, niñas vestidas de pequeñas novias, y altos mandos con sus ropas caras. Y sobre todo, el olor a incienso que apenas nos dejaba respirar. Pero teníamos que ir, porque don Frascuelo, el cura, decía que nos llenaría la cabeza de coscorrones si no nos veía por allí.

— ¿Qué tal chicos?

Saludó José el negro. No es que fuese muy moreno, ni nada de eso. La causa de que le llamásemos el negro, era porque trabajaba en la carbonería y siempre estaba ennegrecido. Solamente en verano, y tras bañarnos en el río durante mucho tiempo, podíamos ver sus ojos sin el cerco oscuro. Si bien, lo que nunca se disolvía era el enlutado de las uñas.

Paco llegó el último, era el mayor de todos. Ayudaba a su padre a ordeñar y no podía marcharse hasta sacar la última gota de leche de Paloma, que así se llamaba la vaca que dejaban para el final porque era la que daba más leche.

Una vez que estuvimos los cuatro, salimos corriendo hacia el desfile. Al llegar, paramos en seco, nos alisamos el pelo con saliva para asentar el flequillo, y nos adentramos en el gentío intentando colocarnos en primera fila. Todo, para que don Frascuelo nos viese. En cuanto lo hacía, comenzábamos a llevarnos una mano a la frente, luego al pecho, al hombro derecho y luego al izquierdo. Carlitos siempre se equivocaba y lo hacía al revés ¿o el equivocado era yo? No lo sé y nunca me ha interesado averiguarlo, aunque eso sí, todos intentábamos poner nuestra mejor cara de niños buenos y católicos. Si queríamos complacer al cura, era únicamente porque había prometido llevarnos de excursión a ver el mar.

Una vez pasado el desfile, era nuestro momento.

— ¿Quién tiene los cigarros? – pregunté mientras nos dirigíamos a las vías del tren, el lugar perfecto para fumar a escondidas.

Todos se pararon y me miraron con cara de tontos.

Esta vez estaban equivocados, yo no pensaba compartir mi dinero con ellos.

— Está bien, yo no tengo nada, por lo tanto, os toca comprar el tabaco a vosotros. Sois unos sangrones, que lo único que buscáis es aprovecharse de mí. Venga, mostrarme vuestros bolsillos.

— No tenemos dinero – respondió José

— Ya sé lo que pasa – dije colocándome frente a los tres y cortándoles el paso – vosotros esperáis que sea yo el que los compre, claro, alguien os ha dicho que el señorito Don Julián, me ha dado un real y pensáis que seré yo el que invite, otra vez. Pues estáis equivocados. Esta vez no vais a fumar a mi costa, no pienso gastar una perra chica con vosotros.

Los tres agacharon sus cabezas, luego se miraron entre sí.

— Ayer hablamos con Don Frascuelo – explicó José.

— Y qué os dijo ¿Qué si fumamos estaremos en pecado mortal?

— La verdad, es que no nos confesamos, no le dijimos que fumamos – apuntó Paco plantándome cara con las manos metidas en los bolsillos del pantalón – el cura nos dijo qué día era hoy, y entre todos, reunimos el dinero que teníamos para darte esto.

Me extendió la mano y vi que sostenía un papel. ¡Era una entrada para el cine!

— Sabemos cuánto te gustaría verla – continuó Gregorio.

El silencio envolvió aquel tenso momento. Agaché la cabeza hasta fijarla en el suelo, me sentía tan pequeño como aquella hormiga que intentaba subir a mis sandalias.

— ¡Felicidades! - dijeron los tres a coro.


16 dic. 2011

La carta


A pesar de encontrarnos en pleno descampado y con el cielo cubriéndonos las cabezas, teníamos la sensación de estar metidos en la boca de un túnel.
Ocultos en las trincheras, llorábamos al escuchar las explosiones de algún lugar lejano en aquella tétrica noche. Creo que yo el que más, porque un día antes había recibido una carta en la que decía que moriría en veinticuatro horas, y el plazo terminaba justo dentro de cuatro. Era una extraña carta sin remitente. En ella decía algo sobre una enorme piedra sobre mi cabeza. Allí no había techo y el campo era de tierra roja. Aun así mantenía los ojos abiertos por si alguien se le ocurría lanzarme una, cosa improbable en aquella profunda zanja oculta a nuestros enemigos. Le di credibilidad a la carta únicamente porque unos meses antes, un compañero nos confesó haber recibido una carta en la que le decía que moriría de un disparo al día siguiente. Me burlé de él y todos nos reímos como posesos celebrando mi broma. Al día siguiente partíamos hacia el frente. El viaje duraría varios días por lo que era poco probable que recibiera un disparo antes de llegar a nuestro destino.
Fue de lo más tonto. El tren dio un repentino frenazo,  a alguien se le cayó el fusil al suelo, se disparó, y la bala  atravesó el corazón del tipo que había recibido la carta. Ahora, esa misma carta la había recibido yo, y estaba muerto de miedo ¿sería casualidad o una broma macabra?
Mi vejiga iba a estallar, no quería abandonar mi posición pero allí era imposible vaciarla; éramos muchos compañeros juntos. Habíamos hecho un surco paralelo con una separación de metro y medio, era allí dónde teníamos que ir para las necesidades fisiológicas, el olor nos llegaba, pero no lo teníamos en nuestros pies.
Me decidí, aun faltaba algo más de tres horas para que se cumpliera el plazo, tiempo suficiente para ir y volver, suponiendo que se cumpliera justo a las veinticuatro horas. No quería estar solo en ese momento, y además, los disparos de nuestros enemigos no cesaban.
Arrastrándome como una lagartija, entré en el agujero sin dejar de mirar en todas direcciones.
De repente, la tranquilidad y el silencio se adueñaron de la noche, por un segundo pensé que se debía a mi desahogo, pero en seguida me di cuenta que era porque los disparos habían cesado de repente ¿nuestros enemigos se habían quedado sin balas? ¿había terminado la guerra? Alcé la cabeza para mirar por encima del muro cuando una voz a mi espalda, me dejó paralizado.
- Hola, Cristóbal - la voz parecía proceder de las profundidades.
Con los músculos agarrotados por el miedo, comencé a dar la vuelta muy lentamente. No obstante, al ver al personaje que estaba frente a mí, las piernas se me volvieron de gelatina y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no caer y darme de bruces contra la porquería.
- ¿Recibiste la carta? – añadió la fría voz al tiempo que jugaba con una piedra entre sus manos.
- ¿Quién… quién es usted? – la voz apenas salía de mi garganta.
No podía dejar de mirar la inapropiada y absurda vestimenta del tipo que estaba delante de mí. ¿Qué hacía allí un tipo vestido con traje y corbata? Aquello era una guerra, nosotros pertenecíamos a la avanzadilla y estábamos en primera fila, ¡por el amor de Dios! aquel tipo vestía para un coctel. ¿Y cómo sabía lo de la carta? Yo no se lo había contado a nadie.
Mis ojos seguían el juego de la piedra en las manos del desconocido, ahora en la derecha, ahora en la izquierda.
- Eres uno de los pocos privilegiados a los que se les concede el Don de saber el día exacto de su final – añadió con una sonrisa ladina – soy un mensajero del diablo y estoy aquí para concederte un último deseo antes de morir.
- Pero, ¿Por qué yo?
- Eres cobarde, envidioso, egoísta, y en tu vida has hecho muchas malas acciones. Eres uno de los nuestros, un mal bicho que jamás ha tendido una mano a nadie. Mi amo está muy satisfecho de tu paso por la tierra y quiere llevarte con él para que seas su siervo durante la eternidad.

Lo que decía aquel sujeto era cierto, nunca sentí empatía por nadie, pero eso no significaba que fuera malo, simplemente mi lema es, no dar nada si no se recibe algo a cambio. Que cada cual se ayude a sí mismo.
En el colegio fui el abusón de la clase. ¿Y por qué no? si los demás niños eran tontos, tonto sería yo si no hubiese aprovechado mi superioridad, era más fuerte, más listo y menos blando que mis compañeros. Mi madre intentó por todos los medios llevarme, según ella, por el buen camino. Sin embargo a mí nadie me manda, me gusto tal y cómo soy, y así se lo dejé claro a ella. Aunque naturalmente, fue por las malas, y he de confesar que por primera vez en mi vida, me resultó incómodo ser tan brusco. Después de todo… había sido mi madre.
Nadie me culpó, soy demasiado inteligente como para dejar cabos sueltos. Tras aquel episodio de mi vida, decidí entrar en el ejército. En una guerra se puede matar, torturar, y ser cruel, sin temor de ir a la cárcel por ello.

- Bien, ¿qué respondes? – me preguntó el enviado del diablo – ten en cuenta que no puedes anular la carta.
Sopesé la propuesta. Si no podía anular la carta, de nada servía que pidiera dinero o lujos. Tras unos segundos, tuve una idea.
- ¿Puedo pedir lo que quiera? – pregunté. El hombre asintió con la cabeza. – Entonces quiero ser inmortal, y que reyes y presidentes de todos los países se postren a mis pies.
El trajeado individuo, se quedó callado, cerró los ojos como si escuchara en su interior. Soltó la piedra, asintió y me miró.
- Mi amo está de acuerdo. Pero tendrás que darle tu alma y servirle para la eternidad.
- De acuerdo, de acuerdo – dije con impaciencia antes de que se arrepintiera, si él cumple su parte, yo cumpliré la mía.
- Él siempre cumple lo que promete. Ahora márchate a tu puesto.
Miré a mi espalda, el ruido de los disparos había comenzado de nuevo. Cuando volví la vista al sujeto, éste había desaparecido. Decidí comprobar si era cierto que me había vuelto inmortal y para eso extraje del cinturón, mi cuchillo. La mano me temblaba, y el miedo me hacía dudar de lo que iba a hacer, pero no había más remedio. Cerré los ojos, y con decisión corté de un solo tajo las venas de mi muñeca. No podía pasarme nada puesto que mis compañeros estaban muy cerca y me curarían la herida, si mi plan no salía bien.
Con sorpresa, comprobé que la herida se cerró tan rápido como yo la había abierto. Era inmortal, el demonio había cumplido su trato.
Pasé de una trinchera a otra con una sonrisa de satisfacción. ¿De verdad el diablo había aceptado mi deseo? No podía creer que hubiese sido más listo que él. Si aceptaba concederme la inmortalidad, eso significaba que lo que decía la carta no se cumpliría. Por lo menos, no esa noche, porque para conseguir que los reyes se postrasen a mis pies, debería hacer algo importante, y eso no se consigue en hora y media que era lo que me quedaba. Volví a leer la carta, sólo por si había cambiado algo. Pero no, en ella seguía mostrando la misma fecha que cuando la recibí, 10 de marzo de 1937.
Miré a todos mis compañeros, eran casi niños y estaban muertos de miedo. Me puse de pie y grité que atacáramos, que los cogeríamos por sorpresa y caerían todos. Claro que mi idea no era esa. Mi idea era atacar, sería casi un suicidio, muchos, o todos los míos caerían, pero daba lo mismo, porque eso sería daño colateral. La idea era que yo salvaría a unos pocos, me convertiría en un héroe. No tendrían más remedio que darme una medalla al valor y los reyes y presidentes se postrarían a mis pies. Fácil, me sentía la persona más inteligente del mundo, incluso había logrado engañar al diablo.
Tras un discurso de más de media hora, en el que me explayé en lo del honor, lo del valor y todas esas chorradas, los convencí para salir al ataque. Yo iría el primero, naturalmente.
Antes de llegar a nuestro cometido, una fuerte explosión unida a una luz cegadora, nos envolvió. Todo quedó en silencio y la oscuridad calló sobre nosotros.
No sé cuánto tiempo permanecí en aquella negrura, ¿había muerto? Al final, el diablo no había cumplido su palabra, sólo me quedaba el consuelo de que él, jamás tendría mi alma.
Un día, la luz se abrió camino hacia mí, escuché voces aunque no podía poner en claro lo que decían. Quizás no estaba muerto, sólo herido y me estaba despertando. Tiempo después, la oscuridad volvió. ¿Pero qué era aquello? ¿Qué juego era aquél?
- Hola, Cristóbal – esta vez, no era el tipo trajeado. En su lugar vi una imagen dantesca. Un ser enorme, rojo, con pezuñas y cuernos. – Vengo a saldarme la cuenta. Quiero tu alma.
- Tú no has cumplido tu trato – dije.
- Te equivocas. Querías ser inmortal, que Reyes y presidentes se postrarán a tus pies. Has obtenido lo que pediste y quiero mi recompensa.
- No has cumplido. ¡Estoy muerto!
- ¿Quieres comprobarlo? – dijo, y añadió sin esperar respuesta – Acompañame.
Sentí que me elevaba pero cuando miré hacia abajo, vi mi cuerpo esquelético quedarse allí. Cerré los ojos con fuerza pensando que era una pesadilla.
- Mira – me indicó la bestia – ahí tienes lo que querías.
Un pánico exagerado se adueñó de mí. Sentí ganas de llorar, aunque no podía hacerlo, de gritar, y tampoco puede articular el más mínimo sonido. El diablo había cumplido su trato, y ahora, yo, debía cumplir el mío.
Allí abajo estaban todos, reyes, príncipes, generales y presidentes, rindiendo honores ante una enorme piedra transformada en obelisco. Unos soldados colocaban una corona de laurel frente a una losa en la que pude leer: Monumento en homenaje a todos los soldados anónimos muertos durante la guerra.

13 dic. 2011

El viaje


Claudia subió las escaleras tan aprisa como sus piernas le permitieron, estaba segura de que su abuelo la estaría esperando en el cuarto de los juguetes. Con sonrisa traviesa, asomó su pequeña cabecita por el umbral de la puerta, quería asustarlo como solía hacer a diario. No lo encontró. Desilusionada, se dirigió a la pequeña tienda de campaña que era el lugar preferido de ambos. Qué extraño, el abuelo siempre la esperaba allí. Solían meterse dentro, donde él le contaba cuentos, y algunas historias de cuando era pequeño. Le hablaba de sus amigos, de sus gamberradas, de sus juegos, sobre todo de sus juegos; eran tan divertidos.

Un día propuso en el colegio jugar a “matar”. La profesora se llevó las manos en la cabeza.

- Ese juego es muy violento – respondió.

- Pero, Seño, si es un juego muy chulo – respondió desilucionada.

La niña intentó explicar el juego lo mejor que pudo.

- Verá, señorita. Se colocan dos equipos, uno frente al otro y en medio se pinta una línea. Con una pelota, hay que intentar darle a un jugador del equipo contrario, el otro debe esquivarla. A quién le da la pelota es descalificado y gana el equipo que “mate” a todos los jugadores del bando contrario.

No consiguió convencer a la maestra, que seguía insistiendo en que era un juego muy agresivo y que se podían hacer daño. Además, sólo el nombre del juego, decía, era ya motivo suficiente para desaconsejarlo. No lo podía entender, parecía tan divertido cuando el abuelo lo contaba…

Escuchó un ruido en la puerta y asomó la cabeza – Ya está ahí – se dijo. Pero no era él. Se trataba de “bandido”. Un pequeño chucho (el padre de Claudia no había podido averiguar su raza) que habían recogido, hacía cinco años, en una gasolinera cuando era sólo un cachorro, ella tenía dos por entonces. Lo habían visto salir de allí con un pequeño dulce entre sus colmillos, seguramente, robado en un descuido del dueño de la gasolinera. Les había hecho gracia, y tras comprobar que no tenía dueño, lo adoptaron. El abuelo le puso el nombre.

- ¿Tú también buscas al abuelo? - bandido la miró con sus ojos oscuros. Avanzó con tranquilidad entrando en el escondite de la niña, y tras un largo bostezo, se echó a su lado.

-Tendré que ir a preguntarle a mamá, es extraño que el abuelo no aparezca por aquí aunque… - de pronto se quedó callada. El animal, que hasta ese momento la había ignorado, levantó la cabeza para mirarla. Dos segundos después, volvió a su siesta.

Claudia había recordado que el abuelo le dijo una vez, que algún día tendría que hacer un viaje muy largo, una aventura fantástica que todos los abuelos debían hacer tarde o temprano. Le puso de ejemplo, Don Quijote de la Mancha. Un cuento que él repetía mucho, pues era su preferido. La historia trataba de un abuelo que salía a buscar aventura. Luchaba con molinos que confundía con gigantes, con ovejas a las que creía soldados... la niña reía divertida cuando su compañero de juegos le relataba cada capítulo con movimientos teatrales. Y al final, el abuelo, siempre le decía que leyera el libro cuando fuese lo suficiente mayor para entender la historia.

No quería ponerse triste, sobre todo porque se lo había prometido. Miró a través del cristal de la ventana. El sol se retiraba a dormir y los últimos rayos se reflejaban en el prisma que había colgado en la ventana, le dio un toque con la mano y los pequeños cristales comenzaron a moverse. En seguida, las paredes se llenaron de pequeñas hadas de colores que jugaban al corre que te pillo las unas con las otras. Su abuelo le decía que tenía que utilizar la imaginación, y para eso, nada mejor que leer mucho. Le hizo prometer que leería muchos libros.

- Cuantos más libros leas – le decía – más historias fantásticas podrás contar cuando seas mayor y tengas hijos, y luego nietos.

El abuelo era muy listo.

- Claudia – la voz de su madre la sacó de sus pensamientos - ¿puedes venir un momento, por favor?

- ¿Sabes dónde está el abuelo, mami?

- Ven al salón, Papá y yo te lo explicaremos – dijo al tiempo que le ofrecía la mano a su hija. La niña fue a su lado, escondiendo sus pequeños dedos entre los de su madre.

- ¿Se ha marchado el abuelo a recorrer aventuras?

-¿Qué?

- Nada, nada. – respondió nerviosa – es un juego.

- Vamos, papá está esperando.

Al entrar en el salón, Claudia vio a su padre sentado en el sofá, la tele estaba apagada y al igual que su madre, él también parecía triste. Las dos tomaron asiento a su lado.

- Claudia, – comenzó diciendo el cabeza de familia – el abuelo se ha puesto muy malito, lo hemos tenido que dejar en el hospital. Por suerte, únicamente ha sido un susto.

La niña se puso de pie colocándose frente a sus padres, sonrió al hablar.

- No estéis tristes, el abuelo sólo ha salido a librar su primera batalla. Por suerte, el cuento de Don Quijote es muy gordo.

7 dic. 2011

La cosa


Un escalofrío ha recorrido mi espalda cuando al darle al interruptor de la luz, este no ha funcionado. Probé con el de la cocina y el dormitorio obteniendo el mismo resultado. De repente, el pánico se ha apoderado de mí, sé que el primer paso que da la bestia, o la cosa como la llaman todos, es dejar a sus presas sin el suministro eléctrico. En silencio, intento orientarme con las manos para llegar al sofá y acurrucarme en una esquina. No me atrevo a encender una vela, tengo la esperanza de que el silencio y la oscuridad sean mis cómplices y den a entender que la casa está vacía. Aunque sé que no hay nada que hacer, si viene a por ti, no tienes escapatoria.

Hace tiempo que ronda este barrio, antes lo había hecho en otros. La cosa, no tiene compasión con nadie.

Intentan tranquilizarnos, las autoridades nos dicen que lo tienen controlado y que hacen todo lo posible para acabar con ella. Pero no es así y lo sabemos. Cuando la cosa ataca a una familia, porque suele abalanzarse cuando están todos en casa, ellos, los que pueden hacer algo para salvarnos, se limitan a ocultarnos la gravedad del asunto.

No estoy seguro de cuánto tiempo llevo en la misma postura. De pronto unos gritos rompe el silencio. La conozco, es la voz de mi vecina de abajo.

- ¡No, por favor son niños! ¡Solo son niños!

Aunque me duela, tengo que dar gracias a Dios que mi familia me abandonara hace unos meses. Y ya que estoy, rezo para que la bestia pase de largo y no venga a por mí.

El edificio ha quedado en silencio, aunque parece que escucho unos pasos subiendo las escaleras. No puedo más y lloro como un niño. El temblor de mis piernas me impide salir corriendo; sé que es el fin.

Escucho unos porracitos tras la puerta seguidos por golpes violentos, a continuación, la puerta estalla.

Allí, acercándose con violencia, está la sombra de la crisis, la bestia del desahucio ha venido a por mí. Y a partir de esta noche, tendré que dormir a la intemperie.


15 nov. 2011

Pues no es tan dificil


En muchas ocasiones he intentado dejar de fumar, pero nunca lo consigo del todo. La primera vez dominé mis impulsos durante dos meses, creo que es en la que he durado más. La segunda fueron tres semanas, y la última vez que me lo propuse, en dos días ya estaba soltando más humo que una locomotora.

Mi mujer, con una paciencia infinita, ha intentado todas las tácticas posibles para hacerme desistir de mi adicción.

-- ¿Tienes un imán en los labios que acerca a los cigarrillos o qué?– me decía – ¿qué aliciente encuentras en soltar humo una y otra vez? No quiero que fumes dentro de la casa, por lo tanto vete al porche y te sientas en las escaleras a intoxicarte tú solito. Me ofreció alternativas; caramelos, parches, un terapeuta…

Yo seguía en mis trece y no le hacía caso, me excusaba diciendo que no era para tanto, que a la televisión y a los médicos, les gustaba exagerar las cosas y asustar a los ciudadanos.

Tras varios años de disputas, hoy por fin lo he conseguido. Y no crean, después de todo no ha sido tan difícil como yo pensaba. Ahora va en serio y mi esposa lo sabe, tanto es así, que ha sido ella misma la que me ha dado el último cigarrillo.

Colocó la boquilla en mis labios, me dio un beso, y tras regalarme una tímida sonrisa salió a la calle para tomar asiento en las escaleras. Desde allí observó cómo salía el humo de mi último cigarrillo por la chimenea del crematorio.