22 may. 2012

EL ÚLTIMO DÍA


         La mirada de Eva, parecía alejarse junto al son de la corriente del lejano río, sus manos sostenían un  libro que no leía, mientras sus pensamientos volaban al fondo del abismo: No quiero vivir sin él, ¿por qué me empeño en que sean las cosas de otra manera? Él, no cambiará nunca.
Hacía diez años que era su mejor amigo.
Estaba sentada  en la abultada raíz de un solitario árbol con la espalda descansando en el tronco,  dejándose acariciar por el sol primaveral que se abría paso entre las hojas. La brisa era tibia, y ella continuaba inmóvil cual estatua de un parque cualquiera. Sí, había escogido un buen día para ser el último, pensó con tristeza mientras su mirada continuaba en el fondo del acantilado.
Un cervatillo se paró justo en su punto de visión, observó cómo bebía del arrollo. Envidió la suerte de aquel lejano y pequeño animal: los animales no sufren por amor, los animales no tienen que engañar para pasar un día con su amado, con su sueño imposible. Ni siquiera se dio cuenta de que Óscar estaba a su lado.
— Sé que es duro, cariño. Pero pronto se acabará – le dijo mientras le quitaba un mechón de pelo de la frente.
 Había escogido para la ocasión, un vestido blanco de gasa, con la pretensión de despertar en él su  instinto masculino, ese impulso que se supone poseen todos los hombres. Deseaba ver en sus ojos la llama del deseo. Sin embargo en su mirada no había ardor, ni pasión, sus labios tan sólo dejaba escapar una sonrisa tranquila.   No podía culparlo, él había sido sincero desde el primer momento: eres mi mejor amiga, te quiero mucho. Si me atrajesen las mujeres, tú serías el amor de mi vida. Le solía decir.

Estaban  en la cima de aquel precipicio. Eva había usado aquella excusa para tenerlo dos días a su lado, y Oscar había aceptado porque era su pasión, su punto débil.  
. ¿Y si saltaba ahora? Se lo confesaba y saltaba, así de fácil. Lo había traído allí para eso ¿no? Simplemente tenía que ponerse de pie y tomar impulso. Sólo un movimiento, un paso, y dejaría de sufrir. Aunque él también sufriría, y no se hace sufrir a quien se quiere Jamás le había confesado sus sentimientos, y no podía callarlo por más tiempo.
— Eva, puedes acercarte si quieres – lo escuchó decir.
Se levantó lentamente, le pesaba tanto el cuerpo, estaba tan entumecida… Un nuevo vistazo al fondo del precipicio, esta vez se recreó en el paisaje. El riachuelo, el prado verde, decorado con una algarabía de flores que rivalizaban entre ellas por tener el color más vistoso. Incluso el sol había estado su parte. Había pensado que serían dos días de felicidad, de acercamiento. Por el contrario  habían sido de silencio y lejanía.   —  Salta – le dijo su corazón — en cambio sus pies, le hicieron caso a su sentido común y caminaron hacia Óscar pensando en dejarlo todo tal y como estaba. Era mejor seguir siendo su amiga que desaparecer de su vida para siempre.
— Gracias por ofrecerte a regalarme tu tiempo, — le dijo él con una tierna sonrisa — sé que ha sido duro estar tanto tiempo en la misma posición, no obstante espero que haya valido la pena ¿te gusta cómo ha quedado?
— Sí, Óscar. No me hacía falta verlo para darte mi opinión.  El cuadro ha quedado perfecto – contestó mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.

29 mar. 2012

No dejes para mañana...


Es cierto que un hecho significativo puede llegar a cambiarnos la vida o la forma de actuar. Un acontecimiento que para la mayoría resulte insignificante, a otros les puede crear un trauma o una paranoia.
Lo único que intento con esta introducción, es que no juzguemos a los demás a la ligera. No soporto a las personas que se burlan de los demás, por el simple hecho de que tengan alguna clase de fobia. Hay personas que le tienen miedo a volar, otras a algún animal, pequeño o grande, con plumas o escamas…  A otros les da miedo hablar en público, las aglomeraciones, la oscuridad… en fin sería imposible enumerarlas todas, y estoy segura de que sea cual sea su trauma, tiene una causa y un origen. Lo digo por experiencia.
Mi “problema”, llamémoslo así, son los mensajes de textos. Sí, en estos tiempos de correos electrónicos, msm, chateos,  facebook, y todo eso, a mí me cuesta comunicarme, sobre todo con los mensajes de móvil. Y hay una causa y un origen.
Hace algún tiempo que ocurrió. Mi hermano tenía treinta y dos años cuando se fue a trabajar a  Ibiza. Se compró un móvil, aunque sólo para llamar y responder, pues no sabía enviar mensajes. Un día mi hermana recibió un mensaje suyo en el que le decía: “Estamos bien por aquí y espero que ustedes también. Ya mismo nos vemos.   Dales recuerdos a los papás. (mensaje día 03/03/2001 a las 15:30h)”
  Mi hermana me llamó muy contenta para decírmelo, y yo pensé en mandarle uno para recriminarle que no me hubiese mandado otro a mí. Luego pensé como adulta, y decidí enviarle uno diciéndole cuánto le quería, cuánto le echaba de menos, y lo orgullosa que estaba de él. Sin embargo lo dejé para después, para el día siguiente.
Pero no hubo día siguiente.
Aquella misma noche nos llamaron para comunicarnos que había sufrido un accidente de tráfico y estaba muy grave. Aquel primer mensaje de texto  se convirtió en su último mensaje de texto, y yo jamás pude enviarle el mío. Y todo por dejarlo para después.
Ya sé que él sabía cuánto le quería, yo se lo decía cada vez que hablábamos, pero tendría que haber enviado ese mensaje en el momento que lo pensé.  
Es por eso por lo que pido perdón si alguna vez he respondido con incoherencias. En cuanto veo que he recibido un mensaje, tengo que responder en ese preciso momento, y a veces con las prisas,  escribo lo primero que se me ocurre. Luego, lógicamente, me arrepiento.   Otras veces, quizás da la impresión de que  no me interesa mantener una correspondencia con nadie. Nada más lejos. Por este medio he encontrado a muy buenos amigos, y es a mis amigos a los que les quiero pedir perdón si alguna vez les he respondido con un disparate.
Algunas amigas me preguntan por qué siempre estoy desconectada en el Messenger o en el facebook. Les respondo que es porque no me gusta. Si alguna vez da la casualidad de que les mando un correo,  y se dan cuenta de que estoy conectada a internet, me hablan por el Messenger, yo les corto y las llamo por teléfono, les digo que prefiero hablar a  escribir. Supongo que ahora comprenderán el motivo.
Jamás había contado esto a nadie, y he de confesar que me ha costado mucho escribir esta entrada, pero necesitaba hacerlo.
Te quiero, Alexis, y te echo de menos.

25 feb. 2012

DUELO DE TITANES

Llegué a la plaza el primero. Aquel día festivo, mi patrón me permitió salir algo más temprano. Claro está que antes de salir, tuve que dejar los caballos cepillados, las cuadras limpias, los arreos brillantes, expandir la paja en el suelo y echar la comida en el pesebre. Soy mozo de cuadras… bueno, aún soy aprendiz porque tengo doce años. Pero Don Pascual, que es el jefe de cuadras, me dice:

— Camilo, ¿sabes por qué te doy tanta responsabilidad? – y se responde sin dejarme abrir la boca – porque eres un chaval muy espabilao.

No soy tonto, sé que la causa de que me dé todo el trabajo es porque su hijo es el más flojo y torpe del mundo. Pero no me importa. El señorito, a veces, cuando le preparo su caballo, me da un real. Naturalmente, eso no lo sabe Don Pascual.

Y allí estaba yo, esperando a mis amigos en la plaza del pueblo, frente la cartelera del cine, con una mano metida en el bolsillo de mi pantalón de los domingos, acariciando el real que ese día me había dado el señorito Don Julián y que, por supuesto, no era suficiente para la entrada del cine. “Duelo de titanes”, se llamaba la película, ¡cuánto me hubiese gustado ir a verla! Era la segunda semana en cartelera. Me embobé observando a Burt Lancaster y Kirk Douglas cuando escuché una voz a mi espalda.

— ¿Otra vez mirando la cartelera? ¿Qué película es?

Era Gregorio el de la nieve, lo llamábamos así porque ayudaba al repartidor de hielo. Tenía mi edad, pero él no sabía leer. En realidad soy el único del grupo que asistió al colegio el tiempo suficiente como para aprender a leer, a escribir y algo de cuentas.

— Es una película de vaqueros – respondí arrastrando las palabras. Ya se lo había repetido tres veces en las dos semanas que llevaba la película en cartel. Desde luego, la memoria de Gregorio era como su pelo, cortita, cortita – se llama “Duelo de titanes”.

— ¡Vaya! De las que te gustan… ¿aún no has conseguido el dinero?

— No. No tengo ni una perra chica – no estaba dispuesto a decirles lo que llevaba en el bolsillo. Estaba seguro de que intentarían convencerme para gastarlo—. Además tenemos que ver pasar el Corpus.

Gregorio cambió su cara de bobalicón por la de fastidio.

Detestábamos aquel desfile de curas, niñas vestidas de pequeñas novias, y altos mandos con sus ropas caras. Y sobre todo, el olor a incienso que apenas nos dejaba respirar. Pero teníamos que ir, porque don Frascuelo, el cura, decía que nos llenaría la cabeza de coscorrones si no nos veía por allí.

— ¿Qué tal chicos?

Saludó José el negro. No es que fuese muy moreno, ni nada de eso. La causa de que le llamásemos el negro, era porque trabajaba en la carbonería y siempre estaba ennegrecido. Solamente en verano, y tras bañarnos en el río durante mucho tiempo, podíamos ver sus ojos sin el cerco oscuro. Si bien, lo que nunca se disolvía era el enlutado de las uñas.

Paco llegó el último, era el mayor de todos. Ayudaba a su padre a ordeñar y no podía marcharse hasta sacar la última gota de leche de Paloma, que así se llamaba la vaca que dejaban para el final porque era la que daba más leche.

Una vez que estuvimos los cuatro, salimos corriendo hacia el desfile. Al llegar, paramos en seco, nos alisamos el pelo con saliva para asentar el flequillo, y nos adentramos en el gentío intentando colocarnos en primera fila. Todo, para que don Frascuelo nos viese. En cuanto lo hacía, comenzábamos a llevarnos una mano a la frente, luego al pecho, al hombro derecho y luego al izquierdo. Carlitos siempre se equivocaba y lo hacía al revés ¿o el equivocado era yo? No lo sé y nunca me ha interesado averiguarlo, aunque eso sí, todos intentábamos poner nuestra mejor cara de niños buenos y católicos. Si queríamos complacer al cura, era únicamente porque había prometido llevarnos de excursión a ver el mar.

Una vez pasado el desfile, era nuestro momento.

— ¿Quién tiene los cigarros? – pregunté mientras nos dirigíamos a las vías del tren, el lugar perfecto para fumar a escondidas.

Todos se pararon y me miraron con cara de tontos.

Esta vez estaban equivocados, yo no pensaba compartir mi dinero con ellos.

— Está bien, yo no tengo nada, por lo tanto, os toca comprar el tabaco a vosotros. Sois unos sangrones, que lo único que buscáis es aprovecharse de mí. Venga, mostrarme vuestros bolsillos.

— No tenemos dinero – respondió José

— Ya sé lo que pasa – dije colocándome frente a los tres y cortándoles el paso – vosotros esperáis que sea yo el que los compre, claro, alguien os ha dicho que el señorito Don Julián, me ha dado un real y pensáis que seré yo el que invite, otra vez. Pues estáis equivocados. Esta vez no vais a fumar a mi costa, no pienso gastar una perra chica con vosotros.

Los tres agacharon sus cabezas, luego se miraron entre sí.

— Ayer hablamos con Don Frascuelo – explicó José.

— Y qué os dijo ¿Qué si fumamos estaremos en pecado mortal?

— La verdad, es que no nos confesamos, no le dijimos que fumamos – apuntó Paco plantándome cara con las manos metidas en los bolsillos del pantalón – el cura nos dijo qué día era hoy, y entre todos, reunimos el dinero que teníamos para darte esto.

Me extendió la mano y vi que sostenía un papel. ¡Era una entrada para el cine!

— Sabemos cuánto te gustaría verla – continuó Gregorio.

El silencio envolvió aquel tenso momento. Agaché la cabeza hasta fijarla en el suelo, me sentía tan pequeño como aquella hormiga que intentaba subir a mis sandalias.

— ¡Felicidades! - dijeron los tres a coro.