13 dic. 2011

El viaje


Claudia subió las escaleras tan aprisa como sus piernas le permitieron, estaba segura de que su abuelo la estaría esperando en el cuarto de los juguetes. Con sonrisa traviesa, asomó su pequeña cabecita por el umbral de la puerta, quería asustarlo como solía hacer a diario. No lo encontró. Desilusionada, se dirigió a la pequeña tienda de campaña que era el lugar preferido de ambos. Qué extraño, el abuelo siempre la esperaba allí. Solían meterse dentro, donde él le contaba cuentos, y algunas historias de cuando era pequeño. Le hablaba de sus amigos, de sus gamberradas, de sus juegos, sobre todo de sus juegos; eran tan divertidos.

Un día propuso en el colegio jugar a “matar”. La profesora se llevó las manos en la cabeza.

- Ese juego es muy violento – respondió.

- Pero, Seño, si es un juego muy chulo – respondió desilucionada.

La niña intentó explicar el juego lo mejor que pudo.

- Verá, señorita. Se colocan dos equipos, uno frente al otro y en medio se pinta una línea. Con una pelota, hay que intentar darle a un jugador del equipo contrario, el otro debe esquivarla. A quién le da la pelota es descalificado y gana el equipo que “mate” a todos los jugadores del bando contrario.

No consiguió convencer a la maestra, que seguía insistiendo en que era un juego muy agresivo y que se podían hacer daño. Además, sólo el nombre del juego, decía, era ya motivo suficiente para desaconsejarlo. No lo podía entender, parecía tan divertido cuando el abuelo lo contaba…

Escuchó un ruido en la puerta y asomó la cabeza – Ya está ahí – se dijo. Pero no era él. Se trataba de “bandido”. Un pequeño chucho (el padre de Claudia no había podido averiguar su raza) que habían recogido, hacía cinco años, en una gasolinera cuando era sólo un cachorro, ella tenía dos por entonces. Lo habían visto salir de allí con un pequeño dulce entre sus colmillos, seguramente, robado en un descuido del dueño de la gasolinera. Les había hecho gracia, y tras comprobar que no tenía dueño, lo adoptaron. El abuelo le puso el nombre.

- ¿Tú también buscas al abuelo? - bandido la miró con sus ojos oscuros. Avanzó con tranquilidad entrando en el escondite de la niña, y tras un largo bostezo, se echó a su lado.

-Tendré que ir a preguntarle a mamá, es extraño que el abuelo no aparezca por aquí aunque… - de pronto se quedó callada. El animal, que hasta ese momento la había ignorado, levantó la cabeza para mirarla. Dos segundos después, volvió a su siesta.

Claudia había recordado que el abuelo le dijo una vez, que algún día tendría que hacer un viaje muy largo, una aventura fantástica que todos los abuelos debían hacer tarde o temprano. Le puso de ejemplo, Don Quijote de la Mancha. Un cuento que él repetía mucho, pues era su preferido. La historia trataba de un abuelo que salía a buscar aventura. Luchaba con molinos que confundía con gigantes, con ovejas a las que creía soldados... la niña reía divertida cuando su compañero de juegos le relataba cada capítulo con movimientos teatrales. Y al final, el abuelo, siempre le decía que leyera el libro cuando fuese lo suficiente mayor para entender la historia.

No quería ponerse triste, sobre todo porque se lo había prometido. Miró a través del cristal de la ventana. El sol se retiraba a dormir y los últimos rayos se reflejaban en el prisma que había colgado en la ventana, le dio un toque con la mano y los pequeños cristales comenzaron a moverse. En seguida, las paredes se llenaron de pequeñas hadas de colores que jugaban al corre que te pillo las unas con las otras. Su abuelo le decía que tenía que utilizar la imaginación, y para eso, nada mejor que leer mucho. Le hizo prometer que leería muchos libros.

- Cuantos más libros leas – le decía – más historias fantásticas podrás contar cuando seas mayor y tengas hijos, y luego nietos.

El abuelo era muy listo.

- Claudia – la voz de su madre la sacó de sus pensamientos - ¿puedes venir un momento, por favor?

- ¿Sabes dónde está el abuelo, mami?

- Ven al salón, Papá y yo te lo explicaremos – dijo al tiempo que le ofrecía la mano a su hija. La niña fue a su lado, escondiendo sus pequeños dedos entre los de su madre.

- ¿Se ha marchado el abuelo a recorrer aventuras?

-¿Qué?

- Nada, nada. – respondió nerviosa – es un juego.

- Vamos, papá está esperando.

Al entrar en el salón, Claudia vio a su padre sentado en el sofá, la tele estaba apagada y al igual que su madre, él también parecía triste. Las dos tomaron asiento a su lado.

- Claudia, – comenzó diciendo el cabeza de familia – el abuelo se ha puesto muy malito, lo hemos tenido que dejar en el hospital. Por suerte, únicamente ha sido un susto.

La niña se puso de pie colocándose frente a sus padres, sonrió al hablar.

- No estéis tristes, el abuelo sólo ha salido a librar su primera batalla. Por suerte, el cuento de Don Quijote es muy gordo.

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