14 jul. 2009

Satisfacción

Cuando terminó, su respiración sonaba agitada, y el corazón, acelerado, tenía síntomas de querer abandonar su pecho, percibió en él un festival de tambores.
El sudor se filtraba por cada poro de su piel. Sintió cómo se deslizaba por la mejilla hasta posarse en los labios; por un momento imaginó que bebía del mar.

Se dio cuenta que había oscurecido. Terminó cansada, jadeante… exhausta. ¿Cuánto había tardado? uff, reconoció que una eternidad. Nunca había durado tanto, claro que nunca había puesto tanta pasión en ello.

Entró en la ducha despacio y el agua caliente resbalando por su cuerpo desnudo fue placentera. Arrastró con ella la fatiga, se llevó el efluvio y dejó en su interior la complacencia. Estaba segura que esa noche no tendría problemas de insomnio.

Mientras secaba con delicadeza su cuerpo, esbozó una sonrisa. Nunca hacía nada que no hubiese programado con antelación, pero los niños se habían ido y… por una vez procedió sin pensar. Simplemente, se sintió con ánimos y aprovechó el momento.

Y ahora, recreándose en el trabajo bien hecho, se sitió satisfecha y orgullosa de sí misma: “la cocina había quedado impecablemente limpia”.
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