2 jul. 2009

Nostalgia


Vivíamos en la ladera de la montaña. ¡Qué juventud aquella!
Desde mi situación, me gustaba observar la inmensidad del cielo; la noche oscura, silenciosa, impasible. La noche clara, cuando la luna llena tomaba posición en lo más elevado, y a su vez, nos observaba a nosotros…
De vez en cuando, una estrella fugaz, un deseo.

Al despuntar el día, solía competir junto a mis compañeros por ver quien alcanzaba antes el sol. Elevábamos los brazos todo lo que podíamos y dejábamos que los primeros rayos nos acariciasen. En cuanto lo hacía, todo volvía a la vida. Se escuchaba el cantar de los pájaros, el croar de las ranas, el ruido del riachuelo que bajaba de la montaña… ¡Cuánto lo echo de menos!
Aun conservo en mi memoria aquel corazón, J y M decía en su interior. Lo grabaron con delicadeza, con risitas escondidas, lo perpetuaron como un tatuaje, intentando que así fuera eterno.
Fui testigo mudo de su amor, incluso a veces, de su pasión. Esperaba paciente año tras año el regreso de los enamorados, siempre lo hacían en primavera, siempre volvían con las flores, ¿continuará siendo eterno su amor?

Ahora, en esta nueva etapa de mi vida, me he vuelto un sabio. Y junto a mis semejantes, me siento solo, añoro el aire fresco, las estrellas, los pájaros…
Día a día, albergo la esperanza de que alguien se acerque, me tome entre sus brazos y una a una, lea mis páginas en voz baja y me susurre al oído.
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