25 feb. 2010

El observador

Un fresco aroma envolvió la plaza tras la fina lluvia veraniega. Las palmeras, muy dignas ellas, alzaron sus brazos agradeciendo cada gota. El lugar se quedó silencioso, y yo, escondido en el arriate, esperaba el momento oportuno para salir. Desde mi posición, observé los columpios, toboganes y ruletas que esperaban pacientes el regreso de las risas.
Me acerqué a un banco de hierro que el tiempo se había encargado de deslucir. Los bancos de los parques son buenos confidentes ¿Cuántos secretos habrá escuchado? y sin embargo ahí está, discretos, inmutable, y seguramente echando de menos los coloquios diarios.
Con pasos cortos, me coloqué junto a la fuente que hay en el centro, cautelosamente para no ser visto. Al igual que las plantas, agradecí la lluvia pues estaba sediento. La comida no me importaba, me bastó una ojeada para comprobar que había mucha por todas partes: los niños pacas veces se comen toda la merienda, lo sé porque los veo a diario. Me gusta observar a los niños, a sus madres, desde luego siempre escondido, siempre desde lejos, y aun así me llegan sus risas ¡cuánto me gustan las carcajadas sinceras de los niños!
Tenía que apresurarme, había escampado y el griterío volvería a la plaza. Me acerqué a la fuente, y sorbo a sorbo fui saciando mi sed. Luego, con una rápida y profesional acrobacia, atrapé con mi pequeño pico un trozo de pan con mantequilla y me lo llevé a mi escondite; un nido, en la rama de un árbol, en la esquina derecha de la plaza.
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