25 mar. 2009

Reliquia de familia


La joya había transferido de madres a hijas de generación en generación. ¿Y ahora? ¿para quién sería? Eran hermanas gemelas, idénticas, y sólo una de las dos debía heredad la preciosa reliquia: un diamante incrustado en un anillo de oro.
- Será para la última en casarse – dijo la madre - para la que permanezca a mi lado. Ya sabéis que estoy delicada de salud, y que necesito estar siempre acompañada.
Las hermanas se miraron. Desde que tenían uso de razón, habían visto a su madre enferma, siempre achacosa y mostrando dolores insoportables.
Las miradas entre sí de las gemelas se tornaron frías y agrias.
-Yo te cuidaré siempre, mamá, - dijo Blanca - trabajaré sólo por las mañanas para estar juntas el resto del día.
- Yo pediré el turno de tarde – expuso Clara – así podré estar toda la mañana a tu lado.
- No será por mucho tiempo - determinó la madre - mi precaria salud impedirá que se prologue vuestro sacrificio.
- No será un sacrificio, mamá, estoy encantada de poder compartir todas mis horas libres contigo.
Lo dijeron al mismo tiempo y compás, como si fuese algo ensayado. Eran muchas las veces que solían coincidir en sus pensamientos y bromeaban con ello, sin embargo, en aquel momento les resultó odiosa la coordinación.

Durante un tiempo todo iba según lo acordado, cada una intentaba estar más tiempo con su madre, cada cual pretendiendo ser la mejor hija y la peor hermana.
En el trabajo, Clara tenía un admirador, el cual era rechazado continuamente.
- Estoy enamorado de ti, y me gustaría que formásemos una familia – insistió por enésima vez el joven.
Ella sonrió.
- No puedo estar con hombres – mintió – y no quiero que sufras, por eso te ayudaré a conquistar a mi hermana, si es cierto que te has enamorado de mi, no te resultará difícil hacerlo de ella, pues somos completamente idénticas en cuanto a físico se refiere. Te iré informando de sus gustos, sus preferencias, te iré dando detalles para que la seduzcas, ella es muy femenina, estoy segura que lo conseguirás. Aunque debes prometerme, que bajo ningún concepto le dirás que nosotros ya nos conocíamos y que te he ayudado a conquistarla.
El hombre lo pensó un momento, la miró con desilusión y tristeza.
- De acuerdo – dijo al fin - si sois tan parecidas, supongo que llegaré a enamorarme de ella.

Día tras día, Clara iba informando al hombre de todo lo referente a los gusto de su hermana, que en realidad, eran también los suyos. Día tras día, el galán iba enamorando a Blanca, sorprendiéndola con sus detalles tan acertados.
Comenzaron a salir cada vez con más asiduidad. Blanca iba descuidando su promesa al dejar a su madre sola, aludiendo cualquier pretexto.

- Tu hermana cada vez me deja más tiempo desatendida – comentó la madre – por lo tanto, seguramente tú serás la que herede la joya de la familia.
Clara no pudo ocultar que sus ojos mostraran una sonrisa de triunfo, ¡por fin lo había conseguido! Su madre no aguantaría mucho tiempo más, pues sus achaques eran constantes.
- Yo estaré a tu lado siempre.

Fue precisamente en el cumpleaños de la madre, cuando ésta las reunió a las dos. Postrada en la cama, les habló a sus hijas:
- Blanca, tú has sido mala hija, me abandonaste para casarte y formar una familia. Por el contrario, tu hermana Clara, ha estado siempre a mi lado, cuidándome como una hija debe hacerlo. Se ha quedado soltera y ahora que yo me voy se quedará sola, pero tendrá su recompensa, el diamante será para ella. Hoy cumplo cien años, y en lugar de recibir un regalo, seré yo quién lo proporcione.
La anciana extendió la mano y mostró el magnífico anillo. Los ojos de Clara se iluminaron al contemplarlo.
- Ésta es la reliquia que ha pertenecido a vuestra familia de generación en generación, ahora te la entrego a ti, Clara, guárdala como un tesoro, como lo que es, y cuando te llegue la hora deberás pasarla, desgraciadamente no tienes hija, será tu sobrina quién herede nuestro tesoro más preciado.
Clara ya no sonreía, una infinita tristeza inundó sus ojos. Miró a su hermana, tenía un marido que la adoraba, una hija preciosa, una vida plena y feliz. ¿Y ella? también debería estar feliz, lo había conseguido, el diamante era suyo; entonces ¿porqué se sentía tan desdichada?
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