13 abr. 2009

El ladrón


Cuando Vicente entró en la mansión, un éxtasis de júbilo recorrió su cuerpo. Llevaba días observando la casa y por eso sabía que no encontraría a nadie dentro. Sus habitantes salían todas las noches en cuanto oscurecía.
- Deben tener muchísimo dinero para permitirse el lujo de ir cada noche de fiestas.
Confirmando sus pensamientos, observó los adornos, todos de oro y plata. Los cuadros (sabía algo de arte y por eso reconoció que eran originales) debían valer una fortuna.
- Tengo tiempo – se volvió a decir – tengo toda la noche, sus dueños no volverán hasta el amanecer.
Se acercó a un pequeño mueble que estaba en una esquina del salón, lo abrió y tomó una botella sirviéndose un gran vaso de Whisky, con el recipiente en la mano derecha comenzó a recorrer la vivienda con parsimonia, creando un análisis mental de todo lo que podía sustraer.
Vicente era bueno en lo suyo y disfrutaba cuando leía en el diario matinal:
“Ladrón de guante blanco vuelve a robar en otra fastuosa mansión. Sustrayendo una considerable fortuna en joyas y enseres. No deja rastro, sólo una botella de whisky vacía y un vaso sin huellas”
Sí, él era minucioso y ordenado, jamás dejaba señales de su paso: era un profesional.
Terminó su incursión por el salón y decidió comenzar en los dormitorios cuando de pronto oyó el chasquido de las llaves en la puerta.
- ¡Maldita sea! hoy llegan temprano.
Buscó con la mirada un lugar donde esconderse, observó una puerta de madera bajo las escaleras.
- Éste será un buen sitio hasta que se duerman.
Al traspasar la puerta, observó que unas escaleras descendían hasta la oscuridad más estentórea. Descendió lentamente escalón por escalón, dejándose guiar por su mano izquierda apoyada en la pared. Cuando llegó al fondo, sus ojos se habían adaptado a la oscuridad y pudo observar entre penumbras el lugar.
El sótano era amplio y abundaba el polvo y las telarañas.
- ¡Estupendo! Seguro que hace años o siglos que nadie baja aquí, en cuanto se acuesten podré marcharme, otro día volveré y concluiré mi trabajo.
Observó en su mano el vaso, se maldijo recordando que había dejado la botella encima de la mesa. No podrías volver tan pronto como pensaba: por primera vez había sido irresponsable dejando pruebas de haber estado allí.
Volvió a examinar la estancia, algunos trastos viejos, un enorme y repleto botellero, y un par de arcones eran el único mobiliario. Quizás podría quedarse allí durante un tiempo, después de todo, nadie lo echaría en falta pues no tenía familia.
Recapacitó. Seguramente los dueños denunciarían el allanamiento y la policía registraría la casa, incluido el sótano.
Un ruido procedente de arriba lo sobresaltó.
- ¡También es mala suerte! – pensó mientras buscaba un sitio para esconderse – seguro que llevan años sin bajar y precisamente hoy se les ocurre hacerlo.
Intentó abrir uno de los baúles, no obstante le fue imposible hacerlo con una sola mano, tomó un largo trago del fuerte licor antes de dejar el vaso en el suelo.
No podía ver el interior del cajón, al introducir la mano notó que únicamente contenía un trozo de tela, calibró su tamaño y él encajaba perfectamente, incluso estirado.
Antes de cerrar la cubierta escuchó la conversación procedente de las escaleras.
- Lo siento, querida – dijo una voz de hombre – lamento que nos hayamos quedado sin postre, pero aquel hombre me incomodaba, olía fatal y me producía repugnancia: se me cortó el apetito de repente.
- Es cierto – respondió la mujer – a mí me ocurrió lo mismo. Ya te dije que el lugar no me gustaba.
- La próxima vez te haré caso - indicó el esposo

Vicente, cerró la tapa con sumo cuidado, intentando hacer el menor ruido posible pues las voces cada vez estaban más cerca. En la oscuridad de su escondite, calculó cuánto tiempo tardaría el dueño de la casa en coger lo que hubiese bajado a buscar, y si habría suficiente oxígeno allí dentro para resistir la espera.

Agudizó el oído tanteando si ya se habrían marchado. No escuchó nada y decidió salir, no obstante antes de hacerlo él la tapa se abrió desde fuera encontrándose frente a frente con el propietario de la casa.
- Lo siento yo… - Vicente intentó excusarse al tiempo que se levantaba de su improvisada e incómoda cama.
La mujer se acercó a su marido, éste sujetó un encendedor para ver mejor la cara del intruso. El ladrón también pudo verlos a ellos.
La pareja mostró una sonrisa que fue ampliándose cada vez más, la mueca dejó paso a unos finos y afilados colmillos que asomaban en ambas comisura de sus labios.
- Vaya, querida, parece ser que después de todo, tendremos postre.
Publicar un comentario