4 ene. 2009

Los vecinos de al lado


Cada noche lo mismo; los ruidos, los gritos, y los golpes se hacen eternos. Al amanecer, la tranquilidad vuelve al rellano.
María, sale a comprar el pan con su hijo pequeño en brazos. Intenta ocultar su rostro; pero su mano es muy pequeña o sus heridas muy grandes.
Sus vecinos de al lado, los que dan puerta con puerta, suben al ascensor junto a ella; son una pareja de ancianos que la miran cabizbajos, intentando aparentar normalidad, como si las heridas formaran parte de la fisonomía de María.
Nadie le dice buenos días, ¿para qué ser hipócrita? por lo menos tienen ese detalle.
El niño balbucea y sonríe, ajeno a la tensión reinante. Para él, las marcas de su madre, sí forman parte de ella.
Como cada noche, nuevos ruidos, nuevos gritos y nuevos golpes. Sin embargo, esta vez cesan pronto; al parecer hoy, el cabeza de familia no viene demasiado irritado.
Por la mañana, los vecinos de al lado entran en el ascensor esperando encontrar una nueva marca en el rostro de María. No obstante, María no aparece, un escalofrío les recorre el cuerpo al imaginar el motivo.
Unas horas más tarde (al fin), los vecinos de al lado deciden avisar a las autoridades.
En pocos minutos, la calle es una marea de policías, cámaras de televisión, radio, y curiosos.
Los viandantes forman pequeños corrillos donde se habla en susurros, si bien, una misma frase está en todos ellos “eso se veía venir”.
María sale. Esta vez sus golpes no se ven, van envueltos bajo una bolsa de plástico negra. Su hijo, en brazos de una extraña, balbucea y sonríe sin llegar a comprender el drama, sin darse cuenta de que crecerá sin el amparo de su madre, sin imaginar, el impacto que causará la explicación en él, unos años más tarde.
Al marido lo conducen esposado; sus ojos llevan una sonrisa escondida, sabe que unos años en una habitación con rejas, será el castigo de su crimen. Nunca llegará a comprender el alcance de su delito: el delito de privar a una madre de su hijo, de privar a un hijo de su madre.
La policía pregunta, y nadie sabe nada. “era una pareja normal” dicen todos.
Los vecinos de al lado no hablan, sólo lloran.

Esta noche es distinta. El silencio envuelve el edificio, un silencio que es incluso más escandaloso e insoportable que el mayor de los ruidos. Quizás se podría haber hecho algo, quizás, de haber hablado a tiempo, aquel silencio fuese menos ruidoso.
Los vecinos de al lado jamás podrán perdonarse la falta de humanidad, su falta de misericordia. Es la penitencia con la que tendrán que cargar toda la vida.
Y es lo que le digo a mi mujer, gracias a Dios, nosotros vivimos arriba; si fuésemos los vecinos de al lado, los remordimientos no nos dejarían dormir.

María Jesús García Fernández
25 - Febrero - 08
Publicar un comentario