9 sept. 2009

El ermitaño

Se levantó de su silla para acercarse a la chimenea, atizó el fuego y éste recobró fuerza iluminando los surcos de su rostro que asemejaban a una huerta labrada. Seguidamente, con lentitud, el viejo se acercó a la ventana, sonrió al contemplar cómo el cielo amanecía despejado, era un marco perfecto; su trabajo tendría recompensa.
Se acercó a la silla volviendo a tomar asiento en ella. Una lámpara de aceite colocada en la mesa de roble iluminaba tenuemente la estancia, junto a ella, hojas blancas, una pluma y un tintero.
Sus esqueléticos dedos comenzaron a bordar el papel con una caligrafía de fraile franciscano. Las palabras se transformaban en frases y las frases en fantásticas historias. Terminada su labor, tomó la hoja, la arrugó y alimentó el fuego con ella. Volvió a sonreír mientras veía cómo el fuego devoraba el papel lentamente, como si leyera su contenido. Las palabras fueron convirtiéndose en humo que trepaban buscando el aire. Una vez fuera, el viento era el encargado de acompañarlas en su viaje.

Una mujer paseaba por el sendero con su hijo cogidos de la mano, el niño levantó la cabeza.
- Mamá, mira cuántos dibujos tienen hoy las nubes. Hay un caballo, y allí parece un tren que echa humo. ¡Mira aquél! Es igual que un dragón, incluso parece que tira fuego por la boca…
La madre miró al cielo y luego a su hijo, acarició la cabeza del niño con ternura al tiempo que decía:
- Sí, cariño, al parecer, el ermitaño está hoy inspirado.
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