25 feb. 2012

DUELO DE TITANES

Llegué a la plaza el primero. Aquel día festivo, mi patrón me permitió salir algo más temprano. Claro está que antes de salir, tuve que dejar los caballos cepillados, las cuadras limpias, los arreos brillantes, expandir la paja en el suelo y echar la comida en el pesebre. Soy mozo de cuadras… bueno, aún soy aprendiz porque tengo doce años. Pero Don Pascual, que es el jefe de cuadras, me dice:

— Camilo, ¿sabes por qué te doy tanta responsabilidad? – y se responde sin dejarme abrir la boca – porque eres un chaval muy espabilao.

No soy tonto, sé que la causa de que me dé todo el trabajo es porque su hijo es el más flojo y torpe del mundo. Pero no me importa. El señorito, a veces, cuando le preparo su caballo, me da un real. Naturalmente, eso no lo sabe Don Pascual.

Y allí estaba yo, esperando a mis amigos en la plaza del pueblo, frente la cartelera del cine, con una mano metida en el bolsillo de mi pantalón de los domingos, acariciando el real que ese día me había dado el señorito Don Julián y que, por supuesto, no era suficiente para la entrada del cine. “Duelo de titanes”, se llamaba la película, ¡cuánto me hubiese gustado ir a verla! Era la segunda semana en cartelera. Me embobé observando a Burt Lancaster y Kirk Douglas cuando escuché una voz a mi espalda.

— ¿Otra vez mirando la cartelera? ¿Qué película es?

Era Gregorio el de la nieve, lo llamábamos así porque ayudaba al repartidor de hielo. Tenía mi edad, pero él no sabía leer. En realidad soy el único del grupo que asistió al colegio el tiempo suficiente como para aprender a leer, a escribir y algo de cuentas.

— Es una película de vaqueros – respondí arrastrando las palabras. Ya se lo había repetido tres veces en las dos semanas que llevaba la película en cartel. Desde luego, la memoria de Gregorio era como su pelo, cortita, cortita – se llama “Duelo de titanes”.

— ¡Vaya! De las que te gustan… ¿aún no has conseguido el dinero?

— No. No tengo ni una perra chica – no estaba dispuesto a decirles lo que llevaba en el bolsillo. Estaba seguro de que intentarían convencerme para gastarlo—. Además tenemos que ver pasar el Corpus.

Gregorio cambió su cara de bobalicón por la de fastidio.

Detestábamos aquel desfile de curas, niñas vestidas de pequeñas novias, y altos mandos con sus ropas caras. Y sobre todo, el olor a incienso que apenas nos dejaba respirar. Pero teníamos que ir, porque don Frascuelo, el cura, decía que nos llenaría la cabeza de coscorrones si no nos veía por allí.

— ¿Qué tal chicos?

Saludó José el negro. No es que fuese muy moreno, ni nada de eso. La causa de que le llamásemos el negro, era porque trabajaba en la carbonería y siempre estaba ennegrecido. Solamente en verano, y tras bañarnos en el río durante mucho tiempo, podíamos ver sus ojos sin el cerco oscuro. Si bien, lo que nunca se disolvía era el enlutado de las uñas.

Paco llegó el último, era el mayor de todos. Ayudaba a su padre a ordeñar y no podía marcharse hasta sacar la última gota de leche de Paloma, que así se llamaba la vaca que dejaban para el final porque era la que daba más leche.

Una vez que estuvimos los cuatro, salimos corriendo hacia el desfile. Al llegar, paramos en seco, nos alisamos el pelo con saliva para asentar el flequillo, y nos adentramos en el gentío intentando colocarnos en primera fila. Todo, para que don Frascuelo nos viese. En cuanto lo hacía, comenzábamos a llevarnos una mano a la frente, luego al pecho, al hombro derecho y luego al izquierdo. Carlitos siempre se equivocaba y lo hacía al revés ¿o el equivocado era yo? No lo sé y nunca me ha interesado averiguarlo, aunque eso sí, todos intentábamos poner nuestra mejor cara de niños buenos y católicos. Si queríamos complacer al cura, era únicamente porque había prometido llevarnos de excursión a ver el mar.

Una vez pasado el desfile, era nuestro momento.

— ¿Quién tiene los cigarros? – pregunté mientras nos dirigíamos a las vías del tren, el lugar perfecto para fumar a escondidas.

Todos se pararon y me miraron con cara de tontos.

Esta vez estaban equivocados, yo no pensaba compartir mi dinero con ellos.

— Está bien, yo no tengo nada, por lo tanto, os toca comprar el tabaco a vosotros. Sois unos sangrones, que lo único que buscáis es aprovecharse de mí. Venga, mostrarme vuestros bolsillos.

— No tenemos dinero – respondió José

— Ya sé lo que pasa – dije colocándome frente a los tres y cortándoles el paso – vosotros esperáis que sea yo el que los compre, claro, alguien os ha dicho que el señorito Don Julián, me ha dado un real y pensáis que seré yo el que invite, otra vez. Pues estáis equivocados. Esta vez no vais a fumar a mi costa, no pienso gastar una perra chica con vosotros.

Los tres agacharon sus cabezas, luego se miraron entre sí.

— Ayer hablamos con Don Frascuelo – explicó José.

— Y qué os dijo ¿Qué si fumamos estaremos en pecado mortal?

— La verdad, es que no nos confesamos, no le dijimos que fumamos – apuntó Paco plantándome cara con las manos metidas en los bolsillos del pantalón – el cura nos dijo qué día era hoy, y entre todos, reunimos el dinero que teníamos para darte esto.

Me extendió la mano y vi que sostenía un papel. ¡Era una entrada para el cine!

— Sabemos cuánto te gustaría verla – continuó Gregorio.

El silencio envolvió aquel tenso momento. Agaché la cabeza hasta fijarla en el suelo, me sentía tan pequeño como aquella hormiga que intentaba subir a mis sandalias.

— ¡Felicidades! - dijeron los tres a coro.